Loza Penco ante el desafío más importante de su historia

Son días importantes para la industria de la loza de Penco: esta semana, en la Región del Bío Bío, comenzó el proceso de postulación para obtener la denominación de origen de la especialidad, en un hito que busca coronar una historia de arraigo y patrimonio de más de 100 años.

A través de un convenio entre el municipio y la Seremi de las Culturas, las Artes y el Patrimonio en la región, se dio marcha al proyecto “Estudio Patrimonial para el Ingreso de Solicitud de Denominación de Origen de la Loza de Penco ante el Instituto Nacional de Propiedad Intelectual (Inapi)”, con el que la comunidad pretende relevar el valor patrimonial de las lozas de la zona.  

Esta propuesta permitirá desarrollar un estudio técnico, patrimonial y comunitario con el objetivo de reunir los antecedentes necesarios para solicitar la denominación de origen. Asimismo, se busca destacar emblemáticos diseños locales como el plato Willow, que ha marcado la identidad de la comuna por más de 120 años, así como otras icónicas piezas de la otrora Fábrica Nacional de Loza (Fanaloza).  

“Acercamos la familia, la vida y la historia de cada hogar, de cada trabajador, de cada persona que está relacionada con el plato Willow en nuestra comuna. Y para aquello, la declaración de origen es fundamental, porque el plato Willow es parte de cada vecino, de cada familia de la comuna de Penco y Lirquén”, aseguró el alcalde de la comuna, Rodrigo Vera.  

La iniciativa será financiada por el Fondo del Patrimonio Cultural, en el marco del Concurso Regional del Ministerio de las Culturas. La inversión para desarrollar el estudio asciende a $14.964.000.  

“Lo que va a permitir es poder hacer una investigación acuciosa y rigurosa de un patrimonio de la comuna que todos conocemos de manera evidente, pero que es importante que también esté respaldado por investigación histórica que avale aquello”, aseguró la seremi de las Culturas del Biobío, Carolina Tapia.  

Loza Penco: una historia de patrimonio e identidad

Con una historia que data de 1899, la naciente industria de loza arrancó en la zona bajo la propiedad de Arturo y Joaquín Edwards, Joaquín Valledor y el técnico Ricardo Tornero, quienes vendieron su fábrica a Juan Gotelly Viazotty y José Kleen con el nombre de “Fábrica de Loza de Penco”.  

Extrayendo su materia prima desde los cerros circundantes, tal como detalla un artículo del Museo de Historia Natural de Concepción, la fábrica pasó en 1906 a manos de Weir Scott, quien luego la vendió a Luis Mancinelli, permaneciendo paralizada hasta 1926. Fue entonces cuando Juan Díaz Hernández y sus hijos se hicieron cargo del negocio, dándole el impulso necesario para la consolidación.  

“A partir del día 4 de julio de 1930, efeméride notable de la historia pencona, se establece la Sociedad Anónima Fábrica Nacional de Loza de Penco, popularmente conocida como Fanaloza, que trajo prestigio y orgullo al puerto pencón”, escribe en el libro ‘Willow de Penco, el plato nuestro de cada día. La cerámica utilitaria de Penco en el imaginario nacional’ Boris Márquez Ochoa, hijo de locero, vecino de Penco y uno de los principales cronistas de la industria de cerámica pencona.  

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Ya como “Fanaloza S.A”, la fábrica compró en Santiago su símil El Carrascal, enfocada en la producción de cerámica. “En 1943 la fábrica comienza la producción de sanitarios y en 1949 introduce la de azulejos”.  

Márquez Ochoa acota: “Con la apertura en la Bolsa de Comercio la empresa familiar y local se transformó en un proyecto nacional pujante y exitoso. En 1941, la sociedad se expande con la compra del activo y pasivo de la fábrica El Carrascal en Santiago, además de la implementación de la mecanización del proceso productivo y la modernización tecnológica. Fanaloza comienza a exportar… A mediados de los ’50 se contrata al artista Roberto Benavente, creador del plato Willow”, escribe.  

Con años de experiencia, y para complementar su producción en vajilla, Loza Penco lanza en 1964 su producto estrella: la porcelana Bone China.  

“Los objetos decorativos son la llave a una nueva etapa de crecimiento. Gracias a la conformación, en la fábrica de Penco, un núcleo de artistas dinamizaron la visión productiva y crearon piezas admiradas hasta hoy, por su belleza y calidad. Benavente diseña la versión Willow de Fanaloza e inicia su comercialización”, acota el cronista.

En los setenta, y bajo los sellos Sussex y Walter Stark, “la industria expande su mercado al área decorativa y comienza a competir con las más importantes líneas de porcelana del Viejo Continente. Especialmente su línea Bone China, porcelana de hueso, traslúcida y finamente ornamentada, alcanza fama nacional”.  

Un rasgo particular en la historia de Loza Penco, de hecho, ocurrió justamente en los sesenta, cuando se impulsaron los fundamentos artísticos de la marca.  

“La tercera generación de la familia Díaz, fundadora de Fanaloza, proyectó profundos cambios e introdujo nuevos conceptos gráficos y estéticos aportados de la experiencia industrial del Viejo Continente”, relata Márquez.  

“Recogieron este aprendizaje y promovieron la modernización los primos Reginaldo Díaz B. y Jorge Díaz C., en un viaje de trabajo por las más importantes fábricas de cerámica de Europa. Este se realizó entre 1960-1961 y fue el punto de inflexión para los cambios positivos y el desarrollo de líneas exclusivamente decorativas”, señala.  

A partir de esta época, se generó un equipo especializado que fue clave para perfeccionar sus técnicas decorativas y artes plásticas. “Su espacio vital estaba tradicionalmente, en la sección decorado de la Planta de Vajillería y, desde 1962, en el proyecto Bone China en la Planta de Sanitarios”, agrega.  

La década del ochenta, sin embargo, fueron tiempos de vacas flacas para la industria: con las ventas a la baja, en octubre de 1982 la empresa se declaró en quiebra para después ser adquirida por Feliciano Palma, quien compró sus propiedades en un remate. El complejo cambió nuevamente de nombre por “Loza Penco S.A.”.  

El impulso le daría una década más de proyección comercial a Loza Penco, que en 1990 fue nuevamente declarada en quiebra. “Otros capitales nacionales y extranjeros mantendrían por espacio de tiempo diferente la conducción de la fábrica con mayor o menor éxito. En 1999, la planta de vajillería cerraría definitivamente”, cuenta el cronista.

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