Placilla de Peñuelas, donde los fantasmas sí existen

 

Y, mejor ni hablar de ir de noche al “puente 1900”, o acampar en las colinas cercanas. Es tan real que produce asombro, no tanto por las cosas que se cuentan, que al final son historias, sino por la cantidad de gente que las ha experimentado. Por lo normal que ha terminado siendo en sus vidas.

Para la gente que ha vivido toda la vida en Placilla, es familiar que ocurran cosas extrañas. Cosas raras, como ellos dicen, pero saben que son los fantasmas de la batalla que ocurrió allí mismo, en el lugar donde ellos viven.

Aunque no hay monumentos que la recuerden, hablan de la batalla de Placilla. Entienden que hayan quedado espíritus, por ahí, vagando. Que, para muchos soldados, fue una batalla inconclusa, con una muerte violenta.

Mucha gente afirma que, a veces, se escuchan disparos, gritos, caballos, conversaciones. Es como si sonidos antiguos estuvieran, por unos momentos, en este mismo tiempo y espacio.

Hay algunos vecinos que han optado por irse y vender sus casas. Cuentan que no son pocos los que han tomado ese camino. Pero la gran mayoría se acostumbra a convivir con estos hechos, porque son a lo lejos. Y porque no sienten miedo, sino que, a veces, tristeza, melancolía, o una pena inexplicable.

Batalla de Placilla, fotografiapatrimonial.cl

Casas embrujadas

La Batalla de Placilla ocurrió en el mismo lugar donde está emplazado el pueblo del mismo nombre y la parte nueva, Curauma. Éste es un masivo proyecto inmobiliario donde viven 45 mil personas en edificios, casas y condominios privados. Es un lugar tranquilo, con aire de pueblo. Muchos de los que llegan no saben nada del pasado de estas tierras, pero con el tiempo se familiarizan con el tema.

Hay zonas precisas, sobre todo en la parte antigua, dónde estos hechos ocurren con mayor frecuencia. Incluso hay casas específicas.

Miriam vive en “Villa Invica” hace más de 30 años. Recuerda con nostalgia cuando casi no había construcciones y todo eran bosques. Dice ya estar acostumbrada a estas presencias. Cuenta que, desde muy chica, veía cosas en su escuela. Al igual que algunas de sus compañeras, que los profesores también sabían.

Miriam se pregunta si no será bueno poner un memorial para que esas almas descansen en paz, como se hace en otros lugares en señal de respeto a los muertos.

Muchos creen que son soldados, pero no son malos. Es como si estuvieran allí para cuidarlos en vez de hacerles daños. O, tal vez, siguen en la batalla, como si ocurriera una y otra vez. Soldados atrapados, en medio del humo, el polvo y los gritos, en una batalla que no han terminado.

El Castillo Amarillo, foto de Gabriel Espinoza

Castillo Amarillo

La mayoría de las veces basta con agua bendita, poner imágenes religiosas o traer algún cura. O a alguien para que haga una oración o una limpieza. Así, esas cosas dejan de pasar en las casas generalmente. Otras veces es más difícil.

Una de estas casas es una de las más antiguas de Placilla, la llaman el “Castillo Amarillo”. Jorge y Ely viven hace 15 años allí con sus 3 hijos. La arriendan a un precio muy económico a los dueños a quienes conocen desde la infancia. Estos no quieren venderla por ningún motivo, aunque han llegado jugosas ofertas de gente tentada por la amplitud del terreno.

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Ellos mantienen la casa con vida y evitan que sea ocupada ilegalmente. Todos en el pueblo conocen el “Castillo Amarillo” y lo asocian con fantasmas. Jorge y Ely no lo niegan, pero lo toman con naturalidad. Cada cierto tiempo, eso si, viene una señora de Santiago a realizar una limpieza. Jorge y Ely dicen que la casa está muy “cargada” y que, a veces, necesitan llamarla. Pero viven tranquilos, en amplios espacios, pero casi no reciben visitas.

Fundación de rescate histórico y patrimonial Aconcagua

La Batalla

La que es considerada la batalla más sangrienta de Chile fue de muy corta duración. Lo que quedaba del ejército balmacedista fue aplastado por las cargas y la caballería de los congresistas.

Los dos únicos generales, en toda la historia de Chile, que han muerto en batalla lo hicieron en estos campos. Fue luchando contra otros chilenos donde la traición jugó un importante papel.

Los generales Orozimbo Barbosa y José Miguel Alcérreca no fueron tomados prisioneros. Fueron asesinados, después desnudados y mutilados. El general Barbosa, comandante en jefe del ejército de la época, llegó a Valparaíso en carreta como un trofeo de guerra. Este ensañamiento y salvajismo incomprensible, tal vez, es la razón de por qué Placilla es una batalla olvidada. Ella muestra lo peor de un país que ha intentado olvidar este episodio tan macabro.

Mucha gente habla de voces y risas de niños, cuentan que hubo muchos que estuvieron en la batalla. Lo cierto es que los niños eran parte de las bandas de música que acompañaban a los ejércitos. Además asistían como camilleros durante la refriega. Participaron indirectamente y muchos resultaron heridos o fallecieron. Hay que imaginarse estar en medio de 20 mil soldados disparándose.

Fundación de rescate histórico y patrimonial Aconcagua

Sin memoria

Es raro que no haya un monumento, una placa conmemorativa o un memorial donde se sabe que hay fosas comunes. Se conoce el sector donde están estas fosas con 1200 soldados de los 1600 que murieron esa mañana del 28 de agosto de 1891.

Las toscas cruces que dejaron se las llevó el tiempo. La memoria de la batalla solo la mantienen viva los vecinos a través de un museo. Pamela Fuentes, directora del Museo de Placilla, dice que un memorial es una demanda de la comunidad.

“Permitiría honrar la memoria de miles de personas que dieron su vida en el campo de batalla. Podría ser un espacio de reflexión crítica de no repetición, de nunca más de verdad”, dice Pamela Fuentes.

El Castillo Amarillo, foto de Gabriel Espinoza

Estos soldados quizás no saben que ya terminó la guerra, que ganaron los congresistas, que el presidente Balmaceda se suicidó y que todo terminó hace más de 130 años. Tal vez, en realidad, los vecinos de Placilla tengan razón y haga falta algún memorial o monumento. Algo que les indique, a esos espíritus, que la guerra terminó, que se pueden ir. Que por fin pueden descansar en paz.

Jorge y Ely no saben cuántos años más se quedarán en el “Castillo Amarillo”. Están cómodos y cuentan con la confianza de los dueños para quedarse el tiempo que quieran. Pero les gustaría encontrar una casa propia, emprender nuevos rumbos en el futuro.

Antes de irse, tienen algo que hacer, un sueño recurrente y que no los deja tranquilos. Su sueño es poder decorar la casona un día de Halloween, dejarla esplendorosa, iluminarla con tantas luces que la casa llegue a brillar. Que vengan todos los niños del pueblo y regalarles muchos, muchos, muchos dulces.

Jorge y Ely, foto de Gabriel Espinoza

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