El argentino Enrique Shaw (1921-1962) hará historia en la Iglesia Católica como “el empresario de Dios”: tras comprobarse un milagro, será beatificado y estará camino hacia la santidad.
Integrante de una familia acaudalada y de un oficio que no suele asociarse a los preceptos compartidos por el Mesías, exportó los valores de la Doctrina Social al complejo universo de los negocios, con énfasis en los derechos de los trabajadores.
El milagro atribuido es la curación de Matías, un niño de cinco años que había sido golpeado en la nuca por un caballo el 21 de junio de 2015 en Suipacha, una zona rural de la provincia de Buenos Aires.
Según consta en los registros del Vaticano, que el 18 de diciembre pasado promulgó el decreto que dispone la beatificación de Shaw, el niño jugaba cerca de un corral cuando un caballo, asustado por una víbora, lanzó una patada seca, brutal, directa a la cabeza.

Sufrió una lesión craneana tan grave que no daba lugar ni a esperanzas tras cirugías. Clínicamente muerto. No obstante, los padres insistieron: “Hagan todo lo que sea necesario”.
El padre del chico se encomendó a Shaw, cuya causa de beatificación ya avanzaba entonces lentamente en los despachos de la Santa Sede, y pronunció una frase histórica: “Yo te cambio tu santidad por la salud de mi hijo”.
Una tía de Matías, diseñadora gráfica, creó una estampita casera del empresario argentino, por entonces declarado “venerable”. Decía abajo: “Que sea tu milagro”. La imagen circuló en las redes sociales y en los pasillos del hospital, donde enfermeros y médicos, que desconocían la historia de Shaw, se plegaron a la cadena de oración.
Cinco cirugías cerebrales para drenar líquido por una hipertensión intracraneana que no cedía. Procedimientos menores, monitoreos constantes. Nada funcionó en los 45 días de internación del menor. Sin otra alternativa, los médicos decidieron implantar una válvula de drenaje permanente en el cerebro.

Minutos antes de entrar al quirófano, el cirujano realizó una verificación final de rutina. Y ahí pasó lo que la medicina aún no puede explicar científicamente: el líquido empezó a drenar solo, la presión intracraneana se normalizó de manera espontánea y la válvula ya no era necesaria. Matías es hoy un adolescente que vive sin secuelas y lleva una vida normal, gracias al milagro del futuro beato Enrique Shaw.
Contra los prejuicios: un empresario con “sangre obrera corriendo en sus venas”
Lejos estaba Shaw de la sotana como tradicionalmente se asocia a los santos populares. Heredero de un imperio, fue empresario. También, padre de nueve hijos y oficial destacado de la Armada.
Su llegada al mundo en 1921 lo dice todo: nació en el Hotel Ritz de París. Hijo de una de las familias más ricas de la Argentina, su madre fue Sara Tornquist, mientras que su padre, Alejandro Shaw, fundó el banco que llevaba el nombre de su esposa. Ambos, además, crearon el balneario bonaerense de Pinamar.
Enrique se casó con Cecilia Bunge, hija del fundador de ese balneario, y tuvo nueve hijos. Podría haber vivido cómodo, distante, blindado por el privilegio, pero eligió otro matiz para su camino al frente de Cristalerías Rigolleau, una de las empresas más grandes del país en el siglo XX.
Entendió la empresa, además de una máquina de lucro, como una comunidad de personas. Creyó que el trabajo debía estar al servicio de la dignidad humana. Entonces, promovió relaciones laborales basadas en el diálogo, la justicia y el respeto en un país como Argentina, históricamente atravesado por conflictos sociales intensos.
Shaw impulsó el salario familiar, una medida pionera que buscaba que el ingreso contemplara la responsabilidad de sostener una familia.
En 1955, en medio de la persecución religiosa posterior a la quema de iglesias y al enfrentamiento entre el Estado y la Iglesia, fue detenido por su condición de católico comprometido. Fundó y presidió la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE, aún operativa e influyente en la actualidad), desde donde empujó la Doctrina Social de la Iglesia al corazón del mundo económico.
Quiso dejar la empresa para trabajar directamente con los obreros. Un sacerdote de la diócesis de Chicago lo frenó. Su misión era transformar la empresa desde adentro. Un dato que tantas décadas después cobra otra dimensión porque se trata la misma diócesis de origen del papa León XVI, que lo definió como “un hombre providencial para nuestros tiempos”.
Enrique Shaw se enfermó joven de cáncer. Cuando necesitó transfusiones urgentes, los obreros de su empresa se ofrecieron espontáneamente a donar sangre. Luego, el argentino lo resumió en una frase que quedó para su historia de vida: “Ahora soy feliz, ya que por mis venas corre sangre obrera”. El “empresario de Dios” murió en 1962, a los 41 años.
Cuando a su hija Elsa Shaw le preguntaron qué le suelen decir o preguntar sobre su padre, la mujer respondió al diario La Nación: “Algunos me dicen: ‘Ay, tengo que tocar sangre de santo’ (…) La santidad es personal y, como dice una sobrina, es una bendición inmerecida que recibió nuestra familia. Todo es mérito de él. Dios le dio muchos dones y él con esos dones buscó el camino de santidad”.
El fallecido papa Francisco, argentino como Enrique, también lo dijo alguna vez: “Yo conocí gente rica y estoy llevando adelante acá la causa de beatificación de un empresario rico argentino, Enrique Shaw que era rico, pero era santo”.
“Una persona puede tener dinero. Dios se lo da para que lo administre bien. Y este hombre lo administraba bien. No con paternalismo, sino haciendo crecer a aquellos que necesitaban de su ayuda”, expresó.
Si bien falta un segundo milagro para la canonización, la fecha de la beatificación de Shaw está prevista para el 2026 en Buenos Aires.
