Encuentro en Diameta: La desarmada profecía de San Francisco de Asís ante el Islam | Artes y Cultura

 

Por Waldo Alfaro Martínez

Vivimos en un tiempo asfixiado por el retorno de los fundamentalismos, los discursos de odio y la polarización geopolítica. Las guerras en Oriente Medio y la instrumentalización sacrílega de la fe para bendecir la violencia nos hacen sentir que el diálogo entre culturas es una quimera ingenua. Sin embargo, hace más de ocho siglos, en medio del barro, la peste y el fanatismo de la Quinta Cruzada, un fraile italiano demostró que otra vía es posible.

El viaje de San Francisco de Asís a Damieta (Egipto) en el año 1219 no es un mero episodio pintoresco en los anales eclesiásticos. Es uno de los actos de desacato profético más audaces de la historia de la mística y encierra las claves más urgentes para el diálogo interreligioso del siglo XXI.

1. Cruzar las líneas de fuego: La lectura de Barbero y Cazzullo

Para medir el alcance de la expedición de Francisco, hay que reconstruir el clima ideológico de la época. Como analiza agudamente el historiador Alessandro Barbero, para la Europa medieval las Cruzadas no eran simples expediciones militares, sino obligaciones sagradas de redención espiritual. La mentalidad dominante dividía el mapa del mundo con un hacha: de un lado, los fieles de Cristo; del otro, los «infieles» que debían ser exterminados o sometidos. La teología de la época empuñaba la espada en nombre de la Cruz

En el campamento cruzado de Damieta reinaban la codicia, el resentimiento y el ansia de botín. En la otra orilla del Nilo, el Sultán Al-Malik al-Kamil defendía su territorio amenazado. En ese escenario, Francisco tomó una decisión que desconcertó a los altos mandos militares: cruzar la línea de combate sin armas, vistiendo un hábito roído y acompañado únicamente por el hermano Iluminado.

Aldo Cazzullo resalta la dimensión subversiva de este gesto: Francisco prefirió arriesgar su propia vida antes que someterse a la lógica destructiva del «choque de civilizaciones».

2. Dos hombres de Dios en el corazón del conflicto

Las crónicas históricas -tanto latinas como islámicas- coinciden en que el encuentro estuvo sellado por un sobrecogedor respeto mutuo. Francisco no fue ejecutado ni torturado; fue recibido con la refinada cortesía de la corte ayubí. Al-Kamil, un gobernante culto y de profunda sensibilidad espiritual, descubrió en aquel mendigo itinerante a alguien completamente distinto de los guerreros con armadura que masacraban a su pueblo.

San Buenaventura relata en la Legenda Maior el ardor con el que Francisco dio testimonio de su fe. Pero las fuentes contemporáneas más neutras revelan un matiz teológico aún más fascinante: el diálogo no derivó en una disputa dogmática ni en un intento de conversión forzada. Ninguno de los dos convirtió al otro; sin embargo, ambos salieron profundamente transformados tras reconocer la presencia viva de Dios en el rostro del supuesto «enemigo».

«Viendo el Sultán la admiración del alma y el fervor del espíritu del siervo de Dios, lo escuchó con sumo agrado y lo invitó a quedarse con él… Francisco, prevenido por la gracia divina, no buscaba el oro del Sultán, sino la salvación de las almas y la paz.»
San Buenaventura, Legenda Maior, Cap. IX

3. La huella del Islam en la oración franciscana

Uno de los descubrimientos más enriquecedores de la historiografía franciscana reciente es la huella imborrable que el mundo islámico dejó en la espiritualidad de Francisco.

Al regresar a Italia, el Santo escribió su Carta a los gobernantes de los pueblos y la Carta a toda la Orden. En ellas propone prácticas espirituales que imitan con asombrosa apertura lo que contempló entre los musulmanes. Impactado por cómo la voz del muecín detenía la vida cotidiana para llamar a la oración desde los minaretes, Francisco sugirió que en las ciudades cristianas las campanas sonaran por las tardes para convocar al pueblo a alabar a Dios. Asimismo, contagió a su fraternidad el respeto reverencial por los nombres sagrados de Dios, inspirado en la veneración islámica de los 99 nombres divinos del Corán.

La fe de Francisco no era una coraza defensiva ni una trinchera; era un espacio de acogida y hospitalidad capaz de aprender de la piedad del otro.

4. Vencer sin aplastar: El desarme interior como vía de paz

En el capítulo 16 de la Regla no bulada (no ratificada por el Papa), redactado poco después de su retorno de Egipto, Francisco dejó una instrucción verdaderamente revolucionaria para los frailes que iban entre los musulmanes. Estableció que hay dos formas de habitar entre ellos: la primera es «no mover pleitos ni contiendas, sino estar sometidos a toda humana criatura por Dios y confesar que son cristianos»; la segunda es predicar la palabra solo cuando vean que agrada al Señor.

En un siglo dominado por la imposición bélica, Francisco antepuso la presencia humilde y el testimonio de vida a la retórica del adoctrinamiento. El diálogo auténtico exige renunciar al deseo de someter o acorralar al interlocutor. Requiere lo que la mística franciscana denomina un «desarme interior»: liberarnos de la arrogancia doctrinaria y de la necesidad de victoria moral.

Hoy, ante los muros que vuelven a levantarse en el mapa geopolítico y en nuestros debates cotidianos, el grito de Damieta vuelve a interpelarnos. Nos recuerda que las fronteras no son murallas infranqueables, sino umbrales de encuentro. El abrazo entre Francisco y Al-Kamil nos enseña una verdad eterna: la paz verdadera jamás nacerá de las armas ni de la victoria de un bando, sino de la valentía desarmada de quienes se atreven a mirar al otro y llamarlo, con absoluta sinceridad, hermano.

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