Redolés y el oráculo de la ciudad: A 30 años de ¿Quién mató a Gaete? | Artes y Cultura

¿Quién mato a Gaete? está de aniversario y me atrevo a llamar a Mauricio Redolés para saber en qué está trabajando. Me dice que está durmiendo y que lo llame más tarde. Lo hago y me dice que va a sacar al perro a mear, que después va dónde un amigo, que lo llame a las 7,20. Lo hago a las 7,23, me dice que entró a una reunión y que me llama después. Pasa el tiempo y pienso que se molestó con el atraso. Llama a las 12 de la noche con todo el tiempo del mundo.

Escuchar la ciudad

Lo primero que me cuenta es que lleva varios años obsesionado con escuchar las voces de la ciudad. Que pronto participará en una exposición mostrando algo de este trabajo. Recoge todos los papelitos que encuentra y que contengan algo escrito, que tenga letras. Le sirven de cualquier formato, desde papeles diminutos a grandes lienzos. Pueden ser escritos en cualquier tipo de superficie, todo lo que esté tirado en la calle.

Ha encontrado de todo lo que se puede imaginar, ha reunido miles y miles de escritos. A veces hace una excepción y recoge algo con números, pero en general es bastante metódico. Todo le sirve, cartas de amor, entradas de cine, boletas de supermercado… cada escrito tiene una historia y un significado. Redolés está obsesionado con dejar que la calle le hable, escuchar el pulso de la ciudad, del país.

Mauricio Redolés, fotografía de Juanfra Lizama López

La ciudad como oráculo

Este acto de recoger “papelitos” se ha transformado en una compulsión, lleva años reuniendo letras y palabras perdidas, extraviadas. Cada vez que pisa la calle no puede dejar de mirar el suelo y esto se ha transformado en un acto imposible de evitar. Anda como un detective reuniendo pistas, rastros y señales. Su objetivo es escuchar e interpretar la voz de la ciudad. Afirma que la ciudad tiene vida, que siente, y que contiene miles o millones de conciencias. La ciudad es un organismo vivo que también habla, nos dice cosas, nos conduce, pero que hay que estar conectado a ella. Redolés habla de estados de conciencia, de estados mentales, parece no tener fin.

También utiliza la calle como un oráculo. Se entusiasma, dice que esa es la mejor parte. “Pidámosle a la calle qué debo hacer, dónde debo ir. Y la calle dará una respuesta”. Incluso uno puede pedirle algo a la ciudad, al igual que a la virgen del Carmen o de Guadalupe, y esta lo concederá, así de poderosa es.

De cantante de ducha a músico

Nunca pensó en ser músico. Lo que desde niño sí hacía, era cantar mucho (a menudo interrumpe la conversación para ponerse a cantar). Lo hacía en la ducha, en la cama, en la calle, en el colegio, en todos lados. Fue la época del colegio, de amigos inseparables y entrañables. Jorge Nicosia, el Conejo Hurtado y Lucho Tapia. Este último fue el que le enseñó a tocar guitarra a los 18 años. Siempre le gustó cantar y lo hacía todo el día. Pero aprender a tocar la guitarra, a afinarla, a rasguear, le abrió un mundo que ya nunca más dejaría. Aprender a tocar guitarra fue el detonante para que naciera el Redolés músico, el artista.

15 años después volvió a ver a su gran amigo Lucho Tapia, lograron reencontrarse. Después supo que había muerto, su familia le avisó y fue a honrarlo en su funeral. Ni siquiera sospechaba lo que se encontraría. Como Lucho Tapia era chofer de metro, asistió a un ritual colectivo de sus compañeros de trabajo. Una despedida poética, hermosa. Y tiene lógica, el último viaje de un conductor de metro debe ser como se despide también a los bomberos cuando parten de su último incendio.

Redolés parte de la base de que todos somos músicos, actores, pintores y poetas, que lo somos desde muy pequeños. Pero hay ciertos hitos en la vida o momentos de inflexión. Eso le ocurrió cuando leyó Patas de perro de Carlos Droguett (Premio Nacional de literatura, 1970). Esta lectura fue un terremoto en su vida, una iluminación. Desde ese momento pensó en ser poeta, en ser escritor.

Mauricio Redolés, fotografía de Alejandro Barriga.

¿Quién mató a Allende?

Le encanta hablar de política. Habla con nostalgia de la Unidad Popular, una época de sueño colectivo. Pero después, durante la dictadura, sufrió la detención, la tortura y el exilio, lo que ha quedado marcado en su vida y en su obra. Volvió con su guitarra a Chile, a seguir luchando en su trinchera que es el escenario, y portando siempre sus armas: su guitarra y su voz.

Redolés está seguro que al que sí mataron fue a Salvador Allende. Pone en duda la versión oficial, y, claro, la historia siempre la cuentan los vencedores. Recomienda leer el libro Allende, autopsia de un crimen de Francisco Marín y Luis Rabanal. Ellos no se creen la versión oficial y están seguros de que fue una operación política. Hubo desaparición de pruebas, le realizaron la autopsia en el Hospital Militar bajo la supervisión de uniformados, nunca se hizo una reconstrucción de escena, etc. No podían decir que lo habían asesinado, pero un suicidio le daba cierta legitimidad a la dictadura, o eso planearon.

Redolés está curado de espanto y por eso no le da miedo nada. Cree que todos somos víctimas de un sistema de propaganda. Por eso, antes de la dictadura la gente era más culta, hablaba bien. En cambio, ahora el pueblo está imposibilitado de comunicarse. Basta ver, dice, cómo escribe la gente en los teléfonos, con emoticones. Piensa que, en el futuro próximo, hablaremos todos en jeroglíficos. Hemos llegado a un nivel de ignorancia preocupante. Es fácil creerle a Redolés cuando habla con tanta convicción.

Mauricio Redolés, fotografía de Alejandro Barriga.

Pedro Gaete

Redolés mira el pasado como si fuera un retrovisor. Su memoria alcanza hasta el nombre de los vestuaristas, el portero de un teatro o el escenógrafo de una obra de hace 40 años atrás. A veces, se queda pensando, recuerda el nombre, pero no el apellido de alguien. Se sumerge en sí mismo, divaga, hasta que encuentra ese esquivo recuerdo.

Pedro Gaete siempre está presente en su vida, lo recuerda como un mentor, como un padre. El hombre que regentaba la Casona de San Isidro, un lugar emblemático de la bohemia santiaguina. Era muy comprometido con la causa política y no paraba de hacer cosas, de darle escenario a artistas jóvenes como a él, cuando volvió del exilio.

A Gaete, al final, lo mató el cáncer, pero su canción, alabada por millones, es la historia de la transición chilena, una verdadera metáfora. Aparecen todos, es como una historieta, con textos maravillosos, imágenes imborrables. Han pasado 30 años del lanzamiento del disco que cambió la música chilena, que inspiró a miles de músicos posteriores. Se ha escrito mucho sobre la importancia de esta canción que mezcla varios estilos, un experimento inclasificable pero que se transformó en la radiografía de la transición.

Hay varios eventos programados para celebrarlo. Quizás el más importante es el día 30 de octubre, en su amado Teatro Novedades.

Mauricio Redolés, fotografía de Juanfra Lizama López

El incombustible

Toca en cuanto escenario lo inviten. Tiene una legión de seguidores y amigos que lo acompañan en todas sus actuaciones, las entradas se agotan rápido. Sin duda, morirá con las botas puestas. Nunca nos vencerán es su máxima, y, cuando la convicción es tan fuerte, no hay nada que hacer. Predica como un Testigo de Jehová, no baja los brazos, sigue yendo donde lo inviten, recorre Chile de extremo a extremo.

También tiene nuevos proyectos. Está ad portas de exponer en la Factoría Franklin, en la galería Factor F, un espacio de arte emergente, una plataforma para nuevos artistas. Allí, Redolés expondrá, junto a otros 3 artistas, una mirada de ciudad, un acto más bien poético. La calle como una voz, y las formas de leerla a través de los “papelitos”. La exposición podrá visitarse los días 26 y 27 de septiembre, y del 2 al 4 de octubre.

Redolés cuenta que lleva 3 años trabajando más seriamente en este proyecto de los “papelitos”, junto al sociólogo urbano Eduardo Canteros de la Universidad Alberto Hurtado. Tienen un depósito lleno. Se nota entusiasmado.

Censurado en ocasiones por pensar distinto, a veces maltratado por ser de izquierda pura. Pero sobre todo admirado por su alegría, su genialidad, y por su densidad como artista. Lo que no se puede negar es que es un tipo consecuente. A sus 73 años sigue inquieto como un veinteañero, uno de los últimos referentes sigue buscando el sentir del pueblo, buscando pistas en la ciudad. Porque, al final, la voz de la ciudad y de la calle son parecidas, pero no son lo mismo. La ciudad es poderosa, como una deidad.

No dejo de pensar en la ciudad como un oráculo. Voy a buscar a mi hija al colegio. No alcancé a preparar almuerzo y busco alternativas rápidas. Le pido a la ciudad que me muestre el camino, que me ilumine. Pero la calle está llena de anuncios de comida, pizzas, sushi, hamburguesas, nada muy sano para una niña pequeña.

¿Cómo saber los designios de la ciudad? Dos cuadras más allá veo una pareja joven, él sostiene una pizarra negra, ella termina de escribir con una tiza blanca la palabra “hoy”. Antes dice “Almuerzos caseros”. Me da risa. Funciona.

De eso hablaba Redolés. Todos lo podemos hacer, es un estado mental y un ejercicio… Me quedo pensando en que deberíamos escucharlos más. A Redolés… y a la ciudad.

Mauricio Redolés, fotografía de Eduardo Canteros.

Gabriel Espinoza Bustamante
Escritor – Guía de turismo.
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gespinozab@hotmail.com

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