Un puñetazo de dios directo en la cara | Artes y Cultura

 

Por: Mauricio Claro

Aunque las películas que la sucedieron, Rocky Balboa, Creed y Creed 2, son una legítima secuela de la serie, se consideran piezas más bien extemporáneas en la historia del ascenso, decadencia y caída del chico de Filadelfia.

Rocky 5 (1990) es una obra a tener en consideración. El “Semental italiano” arrastra secuelas neuronales por la golpiza que le dio Iván Drago en la pelea en Moscú, en Rocky 4. Perdió toda su fortuna por negocios fraudulentos de su cuñado Paulie. Y aunque se ve obligado a volver a su antiguo barrio, se las arregla.

Ahora Balboa da clases en un gimnasio, comparte con los amigos en el bar, pierde el tiempo en alguna esquina hablando con los vecinos. Y recorre, otra vez, las calles vacías de su juventud, donde mataba las horas pateando basura como un niño castigado.

Ese tono melancólico del paisaje industrial de Filadelfia, que define todo el primer acto de Rocky 1, es uno de los puntos altos del cine americano.

Rocky es simple. Sus verdades no entrañan más que amor a su familia y al boxeo. La riqueza que tuvo en días mejores, ahora le parece poco importante. Se siente pleno en su decadencia. Entrena a un joven amateur, Tommy Gunn. Incluso ha vuelto a ponerse la ropa deportiva con la que antaño entrenaba en los mataderos.

Es solo en la quinta parte, cuando lo ha perdido todo, que el personaje se revela en toda su nobleza.

Pero su discípulo, al que ha tratado como a un hijo, se vuelve en su contra. Ha sido corrompido por un representante farandulero que lo azuza hasta convencerlo que puede superar a su maestro. La afrenta para Rocky es total. La lucha sigue siendo para él un espacio litúrgico.

Esta idea es recurrente en el cine de boxeo.

Paul Newman en Marcado por el odio, 1954, Warner Bros

Box como rito y estética

En la introducción a la película de Martin Scorsese, Toro salvaje, de 1980, Jake La Motta (Robert De Niro), entrena sus movimientos sobre el ring. La escena está filmada en cámara lenta y en blanco y negro. La pieza de Piero Mascagni, Cavalleria Rusticana, consigue darle a la secuencia un aire religioso.

En la cinta Somebody up there likes me (Marcado por el odio, 1954), de Robert Wise, Rocky Graziano, el boxeador que encarna Paul Newman, se siente en deuda con alguna divinidad ante su éxito y buena suerte. Mira al cielo y confía su talento a ese “alguien que está allá arriba y que me quiere”.

En el documental de Leon Gast, When We Were Kings (Cuando éramos reyes, 1996), sobre el combate por el título mundial de boxeo entre Muhammad Ali y George Foreman en la República del Congo, en 1974, se muestra cómo la previa a la pelea era una caldera. El pueblo congolés arenga a su favorito, Ali, a quien le cantan Ali bumaye! (Ali, mátalo). Foreman estaba desconcertado.

El escritor norteamericano Norman Mailer (1923-2007), testigo presencial de la pelea, describe así el momento culmine: “Cuando Ali lanzó el golpe noqueador, Foreman empezó a retroceder, Ali lo siguió alrededor, Ali tenía su derecha cargada para un golpe más, pero nunca lo lanzó, como si no quisiera arruinar la estética del hombre cayendo”.

Para Mailer, el teatro de la violencia se ha transformado en un acontecimiento estético.

Cuando éramos reyes, DAS Films

Rocky, héroe popular

Finalmente llega el momento de la pelea callejera entre maestro y discípulo. Al estilo “todo vale”; golpes bajos, basureros de latón volando sobre sus cabezas, destrucción del mobiliario público. Las reglas del deporte han quedado para los salones.

Pero lejos de ser el momento de su degradación, es, por el contrario, el de la consagración de Rocky como el buen amigo del barrio. Del que pelea en nombre de todos y, por eso, ha sido elevado a categoría de héroe popular.

En la escena final, Rocky sube una vez más hasta la cima de la escalera que tantas veces conquistó en sus entrenamientos. Ahora lo hace con su hijo adolescente, en un día de paseo. Rocky le confiesa: “He estado subiendo estos peldaños durante veinte años y nunca supe que en este edificio había cuadros valiosos”.

Hasta ese día no se había enterado que la escalinata que lo había hecho célebre era el acceso al Museo de Arte de Filadelfia.

“Nunca es tarde para aprender. Picasso te va a encantar”, le dice el joven a su padre, en un cierre memorable.

“Cuando dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”, escribe Truman Capote en el prefacio a Música para camaleones.

En el caso de los boxeadores, el flagelo es literal, porque el don se cultiva a fuerza de destruir el propio cuerpo. El regalo divino del que hablaba Capote fue para Rocky, más que un latigazo, un verdadero puñetazo de dios en la cara.

Mauricio Claro

Mauricio Claro
Magister en teoría e historia del arte
Crítico de cine

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